William Perez
1965 Born, Cienfuegos, Cuba
1986 Graduated, Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro, Havana, Cuba

"William’s work is a hydra of hundreds of heads growing simultaneously. Their evolution is rhizomatous; it is like a whale migration, constantly emerging and sinking. They just advance without specific destination, lifting waves as they move forward, re-writing motifs all the time. Their simultaneity overcomes by far the necessary order in the written language."

RIGOBERTO OTAÑO MILIÁN, MAY 2016, HAVANA  |  

Photo by Geandy Pavón, 2017

William Pérez​: The Relations of the Eternal

RIGOBERTO OTAÑO MILIÁN, MAY 2016, HAVANA  |  

"They accused him of being unreal, of not having the feet on the ground. But he had been thinking, the imaginary was not the unreal. The imaginary was the possible, what is still not."

Ricardo Piglia, Blanco Nocturno

I have always liked the idea that each artist is the translator of his own world, one who recreates truths that he cannot avoid revealing; a sort of demiurge capable of glimpsing the small threads that move men. His is an almost pathological need to transmit the beautiful, his experience, and the basic meanings of life. The artist – at least the true artist – only exists in that balance between Order and Chaos, between Eros and Thanatos in which cosmos is formed. Only his work torments him. Everything else is circumstantial for him.

I have known few people who are closer to this idea that William Pérez (Cienfuegos, 1965), a young man who, already in his fifties, still refuses to accommodate on the chair. His work process is atomic. Since he graduated at San Alejandro National Academy of Fine Arts (1986), he has not failed to create one single day. Amid dozens of exhibitions, museums and galleries, his career involves Grupo Punto (1995-1998), one or the other rhinoceros, much drawing, metal, acrylic and lines of light.

On the other hand, when I analyze William’s work I do not like to think of separate pieces, but of one only Pantagruelic, monstrous work that contains them all and renews itself according to the moment; that adapts, like him, to each instant.

When I started to write about William Pérez I saw the result as a concise and harmonious work. I thought I would rely on the context, and that the files would help me. None of it turned out that way. Several times the search lost its course. Several times the text required re-writing, since it tended to get lost in the artist’s traces. Definitely, on occasions creation has its own life.

It was then that I realized that a critical text attempts to capture, in its way, the borders of the work it analyzes, couple with it and delimit it on the way. In this regard William’s work is a hydra of hundreds of heads growing simultaneously. Their evolution is rhizomatous; it is like a whale migration, constantly emerging and sinking. They just advance without specific destination, lifting waves as they move forward, re-writing motifs all the time. Their simultaneity overcomes by far the necessary order in the written language. Mine was a lost cause from the start.

On the other hand, I sustain the existence of that threshold constantly crossed by William. A mental space inhabited by his most unreal offspring, nourished with fragments of his soul, memories, and visions. This cosmos, of diffuse borders, always in continuous expansion, transgresses the mere refuge and fuses with each work. It is as wide as void, as vast as eternity. It appears every now and then in his work, as it grows endlessly. Mine was a lost cause from the start.    

 
William Pérez​: Las relaciones de lo eterno

RIGOBERTO OTAÑO MILIÁN, MAYO 2016, LA HABANA  |  

"Lo acusaban de ser irreal, de no tener los pies en la tierra. Pero había estado pensando, lo imaginario no era lo irreal. Lo imaginario era lo posible, lo que todavía no es."

Ricardo Piglia, Blanco Nocturno

Siempre me ha complacido la idea de que cada artista es el traductor de un mundo propio; un recreador de verdades que no puede evitar revelar; una suerte de demiurgo, capaz de vislumbrar los pequeños hilos que mueven a los hombres. La suya es una necesidad casi patológica de transmitir lo bello, su experiencia, los sentidos elementales de la vida. El artista –al menos el verdadero artista– sólo existe en ese equilibrio entre Orden y Caos, entre Eros y Thánatos, en el que se forma el cosmos. Su obra es lo único que lo atormenta. Todo lo demás le es circunstancial.

Pocas personas he conocido más cercanas a esta idea que William Pérez (Cienfuegos, 1965), un joven que, ya en sus 50 años, todavía se niega a acomodarse en la silla. Su proceso de trabajo es atómico. Desde que se graduara en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro (1986) no ha dejado de crear un solo día. Entre docenas de exposiciones, museos y galerías, su trayectoria implica al Grupo Punto (1995-1998), algún que otro rinoceronte, mucho dibujo, metal, acrílico y líneas de luz.

Por otro lado, cuando considero el trabajo de William, no me gusta pensar en piezas independientes, sino en una misma obra pantagruélica, monstruosa; que las contiene a todas y se renueva según el momento; que se adapta, como él, a cada instante.

Cuando comencé a escribir sobre William Pérez, veía el resultado como un trabajo conciso, armónico. Pensé que me apoyaría en el contexto, que me ayudarían los archivos. Nada fue así. Varias veces el escrutinio perdió su rumbo. Varias veces debió ser reescrito, pues tendía a hundirse en las huellas del artista. Definitivamente, en ocasiones la creación viene con vida propia.

Fue entonces que noté que un texto crítico intenta atrapar, a su modo, los lindes de la obra que analiza. Acoplarse a ella y delimitarla en el transcurso. En este sentido, el trabajo de William es una hidra, de cientos de cabezas, que crecen al unísono. Su evolución es rizomática; como una migración de ballenas, emergiendo y hundiéndose constantemente. Sin una dirección concisa, sólo avanzan, levantando olas a su paso, reescribiendo motivos a cada instante. Su simultaneidad vence por mucho al orden necesario en el lenguaje escrito. La mía fue una causa perdida desde el inicio.

Por otro lado, sostengo la existencia de ese umbral, que William constantemente transita. Un espacio mental en donde habitan sus vástagos más irreales, alimentados con fragmentos de su alma, con recuerdos y visiones. Este cosmos, de límites difusos, siempre en continua expansión, transgrede el mero refugio y se fusiona con cada obra. Tan amplio como la nada, tan vasto como lo eterno. Se nos muestra a ratos, mediante su obra, conforme crece interminablemente. La mía fue una causa… perdida desde el inicio.

 

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