© 2017 by William Perez

Las geografías de William Pérez.

Por Corina Matamoros.

¿Qué impulsa a un hombre a ir en pos de lo diferente, de lo nuevo? ¿Qué lo hace querer algo más allá, probar otra manera, intentar lo desconocido? Esa sería una buena pregunta para el escultor William Pérez Fernández (1965), un creador bien imbricado en la renovación del arte cubano de inicios de los 80 desde las coordenadas de su Cienfuegos natal. Allí tuvo lugar, con mucho brío, uno de los focos importantes para el cambio de fisonomía de nuestras artes plásticas. Y aunque no se mencione lo suficiente, quedan para siempre agrupaciones adelantadas como el Grupo Punto y su Coordenadas Arte Sur, a las que William aportó su impulso creador.

Quiero traer a recuento notables actuaciones de William para el Museo Provincial de Cienfuegos, que la desmemoriada y desatenta Habana no tuvo a bien resaltar. En particular, la impactante instalación de 1997 Carga subjetiva, que allanó el recinto museal creando una inquietante empalizada de madera y sacos de aserrín de diez por ocho metros, rodeada por una rústica y alta pasarela por la cual el espectador debía ascender a un altura de tres metros.

Este recorrido, lleno de incertidumbre y precario equilibrio, culminaba en una visión cenital de la sala del museo, para descubrir que un caballo se encontraba dentro de la empalizada.

Y no dejo de asombrarme hoy, como cuando la vi por primera vez, de la desbordante instalación escultórica y sonora que es Rinoceronte. Esa extraordinaria pieza de 2008 pertenece a la etapa de obras cinéticas del artista, cuando sus producciones se poblaron de motores, cables, artefactos eléctricos y televisores, entre otros aparatos. Atraído por el clásico Rinoceronte de Durero, William repara sin embargo en Yambo, el espécimen del Zoológico habanero de 26, verdadero inspirador de su instalación. De aluminio fundido y ensamblado, el Rino de más de tres metros tiene incorporado un sistema inteligente de sonido que se activa por la acción del espectador, haciendo sonar unas increíbles trompetas que el animal lleva integradas. Esta magnífica pieza solo se ha visto, para infortunio nuestro, en el Centro de Arte de Cienfuegos.

Asombra por tanto comprobar cómo William ha dejado intrépidamente atrás todo ese colosal bagaje de metales, maderas, sonidos, animales e inmensidad física, para hablarnos desde otras perspectivas escultóricas y emocionales. Y una nueva geografía del hombre y del escultor ha llamado a nuestra puerta para que lo conozcamos en el aquí y ahora de su arte y su pensamiento.

Esa nueva geografía de hoy se nos abalanza desde que entramos a su amplio taller, tan arduamente levantado: son transparencias, luces, delicados dibujos esgrafiados y fotografías impresas en vinilo lo que nos asalta hoy. Formas circulares, como planetarias, abundan en las piezas aún por terminar, indicando tal vez que el artista ha arribado a ese momento en que se mira desde más alto, traspasando la simple estatura de hombre, para avistar qué puede pasar en un derredor topográfico y vivencial extendido a todo el género humano. Y él mismo, su silueta y su imagen, nos salen profusamente al encuentro en las nuevas obras, a la manera de un pensar sobre sí mismo que es como una manera de pensar sobre todos nosotros.

Secreter es una pieza digna de su linaje lingüístico. Fotografías digitales pertenecientes a todas las etapas de la vida del artista pueden verse impresas sobre vinilo dentro de un mueble a medio camino entre el escritorio privado y el gavetero profesional que se destina a conservar obras sobre papel. Al abrir los compartimientos, hechos de plexiglás enmarcado en madera, una verdadera autobiografía visual se va descubriendo mientras pasamos fotos que van del llamativo chico melenudo al serio escultor que hoy porta lentes. Y una luz interior ilumina todo el gavetero, para culminar, en la superficie, en el dibujo de una sencilla jicotea, preciado juguete de su niñez.

La obra En todas partes es una semiesfera convexa y transparente, iluminada también desde el interior, que William ha dibujado esgrafiando el plexiglás, para luego rellenar los finísimos surcos con color. Remeda el mundo, y muchos William aparecen en él, en poses diversas, haciendono se sabe qué, pero sintiéndose como en casa en cualquier lugar. Un desborde del sentido de vivir más allá del sacrosanto punto en que por azar nacimos parece atraer al escultor, que se siente agraciado por igual en todas partes de este orbe transparente, lleno de tenues alusiones íntimas y mínimas pistas geográficas.

En una semiesfera donde se dibuja un planisferio mucho mayor, William se ve sentado en el Norte de África con extraños aparatos en las piernas, convirtiéndose de esa forma en uno de sus personajes favoritos: Forrest Gump. La evocación del multipremiado filme de Robert Zemeckis (1994) interpretado por Tom Hanks, se mezcla con sus propias ideas relacionadas con la voluntad humana y lo esencial que resulta plantearse propósitos que modelen nuestras vidas. Porque casi todas las piezas de esta muestra nos hablan de la voluntad, del propósito, de los sueños que nos encauzan y de la perseverancia para conseguirlos. Y este ideario, reflejado en textos y en imágenes, forma una unidad con los materiales y la manera de trabajarlos. La transparencia y la luminosidad en estas esculturas trasuntan el sentido primordial de las piezas. Por su parte, la manera de dejar a la vista toda la estructura del soporte y la conexión de los componentes físicos, conceden ese aire de claridad y lucidez acorde con el tono autorreflexivo de la exposición.

A contrapelo de lo que le recomendara su progenitor, en la pieza Mi padre me dijo siempre que debía tener el corazón de hierro, el artista ofrece un corazón repleto de flores. Y el lema esculpido en plexiglás que reza “Los sueños no se desvanecen cuando alguien me los roba...”, hablan pródigamente de la importancia del componente textual en estas esculturas y su vínculo con las ideas que les sirven de basamento. No en vano este escultor, graduado de San Alejandro en 1985, inició su trayectoria en momentos cimeros del arte conceptual en la Isla.

En seis piezas asistimos a lo que el creador llama cartografía de su alma. Lo cual se me antoja muy cercano al escrutinio de su propia existencia, a un momento en que el hombre se registra, se palpa topográficamente, se mide, se sopesa, repasa su vida y se siente, nada más y nada menos, que como un ser que puede, desde su taller de escultor, recorrer el mundo y avanzar hacia lo desconocido.

 

La Habana, noviembre 2012.